MATEO: de la mesa a la misión


Hay historias que parecen imposibles. Historias de personas comunes, que, al vivir eventos extraordinarios, jamás vuelven a ser las mismas.
La historia de Mateo es una de ellas.
Cuando pensamos en los discípulos de Jesús, solemos imaginarlos como hombres espiritualmente maduros, preparados para responder al llamado del Maestro. Sin embargo, una mirada más cercana a sus vidas revela una realidad muy distinta. Ninguno de ellos llegó a Jesús con un carácter completamente formado ni con una fe plenamente desarrollada. Eran hombres comunes, con debilidades, dudas, temores y luchas, y Mateo, no fue la excepción. Antes de convertirse en discípulo, era un recaudador de impuestos. Su oficio lo colocaba en una posición socialmente cuestionada y lo convertía, a los ojos de muchos, en alguien poco digno de confianza. Su vida estaba definida por las etiquetas que otros le habían impuesto.
Sígueme
Mateo estaba sentado en su mesa de trabajo cuando Jesús pasó junto a él. No conocemos los pensamientos que cruzaron por su mente en ese instante. No sabemos cuántas dudas tenía ni cuánto comprendía acerca de lo que significaría seguir a aquel Maestro de Galilea. Lo cierto, es que cuando Jesús lo miró, Mateo no pidió explicaciones detalladas. No exigió garantías acerca del futuro. No calculó riesgos ni beneficios. Simplemente se levantó.
“Mientras caminaba, Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado en su cabina
de recaudación de impuestos. “Sígueme y sé mi discípulo”, le dijo Jesús. Entonces
Mateo se levantó y lo siguió” (Mateo 9:9, NTV).
Quizás Mateo tuvo el privilegio de escuchar el llamado directamente de labios del Maestro y de contemplarlo cara a cara, lo que podría hacernos pensar que su decisión fue más sencilla. Sin embargo, nosotros también hemos sido alcanzados muchas veces por la voz de Dios. Nos ha hablado a través de personas, circunstancias, sermones, lecturas bíblicas e incluso de esas aparentes "coincidencias" que terminan revelando su dirección. Aun así, cuántas veces hemos vacilado, hemos pospuesto nuestra respuesta o hemos esperado tener más certezas antes de obedecer.
La acción de levantarse encierra una profunda verdad espiritual. El discipulado comienza cuando alguien deja de permanecer sentado frente al llamado de Cristo y decide responder.
Mateo no solo abandonó una mesa. Abandonó una forma de vida.
Seguir a Jesús siempre implica movimiento. No es una decisión que puede conservar intactas todas nuestras prioridades anteriores. El llamado de Cristo transforma nuestros afectos, nuestros hábitos, nuestras metas y nuestra manera de ver la vida.
Mateo nos enseña que obedecer no significa tener todas las respuestas antes de
comenzar. Significa confiar lo suficiente en Aquel que nos llama como para dar el
primer paso.
Una obediencia que produce transformación
Sin embargo, el llamado era solamente el comienzo.
Jesús no llamó a Mateo únicamente para que caminara detrás de Él. Lo llamó para transformarlo. Así lo plasma el mismo Mateo cuando registra esta enseñanza del Maestro: “A todo el que escucha mi enseñanza y la sigue es sabio, como la persona que construye su casa sobre una roca sólida” (Mateo 7:24, NTV).
La verdadera obediencia no consiste únicamente en oír, consiste en poner en práctica lo que hemos oído. La transformación espiritual no ocurre en un instante; ocurre mientras caminamos diariamente con Jesús.
Aquel hombre que un día decidió levantarse y obedecer al llamado de Jesús dejó un legado que continúa guiando a millones de personas hacia Cristo. El publicano sentado tras una mesa de impuestos llegó a convertirse en un testigo fiel de la obra transformadora de Jesús. Su encuentro personal con Él, parece resonar en cada página del Evangelio que lleva su nombre.
A través de sus escritos, nacidos de años de caminar junto al Señor, Mateo nos invita a recorrer el mismo sendero que él recorrió: escuchar Su voz, fortalecer nuestra fe en medio de las dudas, obedecer aun cuando no tenemos todas las respuestas, poner en práctica sus enseñanzas y participar activamente en su misión. Su historia nos recuerda que el discipulado no comienza cuando comprendemos plenamente el plan de Dios, sino cuando respondemos al llamado
con un corazón dispuesto.
Mateo no fue transformado porque entendió todo desde el principio. Fue transformado porque obedeció. Lo que comenzó con un sencillo “sígueme” terminó convirtiéndose en una vida que sigue señalando a otros el camino hacia Jesús. Su Evangelio es el testimonio de que la obediencia abre la puerta para que la gracia de Dios haga una obra profunda y duradera en aquellos que le siguen.
Una nueva dimensión
Como todos los discípulos, Mateo también vivió el impacto de la cruz.
El Maestro al que había seguido fue arrestado, juzgado y crucificado. Pero la resurrección cambió completamente el horizonte. El Jesús que había llamado a Mateo estaba vivo. Con la resurrección de Jesús, también llegó la Gran Comisión, y Mateo, ahora formaba parte de aquellos enviados a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.
Antes de terminar, te invito a reflexionar sobre tu discipulado personal con estas
preguntas:
1. ¿Qué tuviste que dejar atrás para seguir a Cristo y qué cosas todavía te cuesta soltar?
2. Si Jesús te llamara hoy como llamó a Mateo, ¿responderías de inmediato?
3. ¿Tu obediencia está produciendo cambios visibles en tu carácter y en tus relaciones?
4. ¿Pueden otros reconocer en tu vida evidencias de una transformación genuina?
5. ¿Estás solamente siguiendo a Jesús o también estás ayudando a que otros lo sigan?
Mateo comenzó sentado tras una mesa de impuestos y terminó siendo enviado con una misión que cambiaría el mundo. Quizás tu punto de partida es una silla dentro de un templo ¿Qué te está diciendo Jesús hoy? Y, más importante aún, ¿qué harás con lo que te está diciendo?
“Jesús se acercó y dijo a sus discípulos: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo
y en la tierra. Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñen a
los nuevos discípulos a obedecer todos los mandatos que les he dado. Y tengan
por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos”
(Mateo 28:18-20).



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