Más allá de mis límites


Hay momentos en nuestras vidas en los que Dios nos invita a mirar más allá de lo que somos hoy. No para compararnos con otros ni para sentir que debemos demostrar algo, sino para descubrir aquello que Él ya vio en nosotros cuando nos llamó.
Cuando Jesús nos llamó, no lo hizo desconociendo nuestras dudas, temores, ansiedades o limitaciones. Él ya sabía las veces que diríamos: “¿Seré el indicado?”, “¿Y si digo que no?”, “¿Y si no soy suficiente?” o “¿Y si me equivoco?”. Jesús conocía todo de nosotros antes de que nos diéramos cuenta o le pusiéramos nombre a lo que sentimos. Conocía nuestras capacidades, pero también nuestras debilidades; conocía nuestro pasado, pero también nuestro presente y todo aquello que todavía está por venir, y aun así nos llamó. El llamado de Dios no depende de
que sepamos todo o de nuestra perfección; depende de que estemos dispuestos a responderle con un: “Sí, aquí estoy, dispuesto para ser usado según tu perfecta voluntad”.
La primera vez que el Señor me llamó a servir, estaba llena de dudas. Mi temor e inseguridad estuvieron a punto de ganarle al llamado, pero ahí recordé algo que había aprendido: “Dios no llama a los capacitados; Dios capacita a los llamados”, y aún me lo repito cada vez que el Señor me presenta un nuevo desafío. El temor o tener dudas es algo normal que nos sucede como seres humanos. Si vamos a la Biblia, podemos ver que Pedro tuvo dudas, Moisés tuvo excusas, Jeremías se sintió demasiado joven, Gedeón muy pequeño y Tomás no creyó. Dios no miró solamente lo que eran en ese momento; Dios miró lo que podían llegar a ser en sus
manos.
Quizás hoy estás mirando tus limitaciones, mientras Dios está mirando tu propósito. Cuando miramos nuestra vida cristiana, podemos caer en la idea de que solamente se trata de «salvar nuestra alma», pero Jesús nos llamó a mucho más. Somos discípulos, y un discípulo no solamente recibe; también aprende, crece, vive lo que ha aprendido y lo comparte con otros.
Jesús no dijo solamente “vengan a mi” también dijo “Por tanto, vayan y hagan
discípulos de todas las naciones...” (Mateo 28: 19a NVI).
No somos solamente un alma que Dios quiere salvar, somos una vida que Él quiere usar para transformar vidas. Dios nos dio talentos, dones, experiencias, capacidades, relaciones y oportunidades. Todo aquello puede convertirse en una herramienta para su reino.
Hoy no solamente nos podemos preguntar: “¿En qué estoy hoy con Dios?”, sino también: “¿Dónde puedo llegar con Dios?”. Y si vamos más allá y pensamos en unos 10, 15 o 20 años más adelante, ¿qué vemos? ¿Qué clase de persona quieres ser? ¿Una persona que solamente sobrevivió a las circunstancias o una que creció, maduró, sirvió, discipuló y levantó a otros?
Quizás hoy ves una semilla, pero Dios ve un árbol; quizás ves una pequeña acción, pero Dios ve generaciones alcanzadas; quizás hoy piensas que lo que haces es poco, pero en las manos de Dios lo poco se convierte en mucho. ¿Qué clase de huellas dejaremos? Tal vez nunca sabremos cuántas personas fueron fortalecidas, cuántas familias fueron alcanzadas, cuántos niños conocieron a Jesús porque alguien estuvo dispuesto a enseñarles o cuántas personas encontraron esperanza porque nosotros decidimos no rendirnos. Nunca subestimes lo que Dios puede hacer a través de tu vida.
Te invito a que puedas hacerte esta pregunta: ¿Qué puede hacer Dios a través de mí?
Tal vez hoy tengas dudas, y está bien, o no te sientas preparado, pero recuerda esto: cuando Jesús te llamó, ya sabía quién eras y, aun así, decidió llamarte. No te llamó porque fueras perfecto, sino porque está dispuesto a hacer algo a través de ti. En Efesios 3:20 dice: «Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podemos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros» (NVI). Él puede hacer mucho más de lo que nosotros imaginamos.
No pongas tus ojos en lo que crees que puedes hacer. Ponlos en Aquel que te llamó. Porque, cuando estás dispuesto a avanzar, Dios puede hacer mucho más de lo que hoy imaginas.
El Señor te bendiga.



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