PEDRO: del impulso a la entrega

Cuando pensamos en los grandes líderes de la fe cristiana, el apóstol Pedro ocupa un
lugar trascendental. Sin embargo, lo más extraordinario de su historia no es el liderazgo
que llegó a alcanzar, sino el proceso que recorrió para llegar allí. Pedro no nació siendo
un apóstol, ni mucho menos el líder que hoy reconocemos. Él era un pescador común,
impulsivo, imperfecto, y muchas veces dominado por sus emociones. Es decir, un hombre
lleno de debilidades. Pero cuando tuvo su encuentro con Jesucristo, comenzó un proceso
de transformación que lo llevó a convertirse en uno de los discípulos más influyentes de
todos los tiempos.
La historia de Pedro se te hará bastante conocida, ya que es también nuestra historia. Es
la historia de cómo Dios toma personas comunes y corrientes y, por medio de Su gracia,
las transforma en instrumentos extraordinarios para Su gloria.
De Simón a Pedro
Simón, vivía de la pesca junto a su hermano Andrés y, probablemente, no imaginaba que
su vida estaba a punto de cambiar para siempre. El Evangelio registra que fue el mismo Andrés quien lo llevó a Jesús. Y, cuando el Señor lo miró, vio más que a un simple pescador de carácter intenso.
“Entonces Andrés llevó a Simón para encontrarse con Jesús. Al mirarlo fijamente, Jesús
le dijo: Tu nombre es Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Cefas (que significa Pedro)”
(Juan 1:42, NTV).
Pedro significa “roca”. Y si pensamos en el Pedro de esos primeros años, cuesta
imaginarlo como una roca firme. Era impulsivo, reaccionaba rápidamente y muchas veces
hablaba antes de pensar. Bien… ¡ya me reconocí en Pedro! ¿Tú no? Pero Jesús ya veía en él algo que Pedro todavía no podía ver en sí mismo. Y justo aquí está lo hermoso de esta historia, Jesús no espera que seamos perfectos para llamarnos, nos llama tal como somos y comienza a transformarnos. Como mi pastor siempre dice: Es “ven y cambia”, y no “cambia y ven”.
En el caminar con Cristo, muchas veces nuestra naturaleza humana necesita ser
fortalecida. Por eso, en Su gracia, el Señor suele revelarnos Su poder y Su fidelidad, no
porque dependa de nuestras dudas, sino porque conoce nuestra debilidad.
Fue en la pesca milagrosa, cuando Jesús le mostró a Pedro que Su poder iba mucho más
allá de lo que él conocía, y le entregó una certeza que lo acompañaría por el resto de su
Ministerio: "Jesús respondió a Simón: No tengas miedo. De ahora en adelante pescarás
personas" (Lucas 5:10, NTV).
Ante tal manifestación de Su poder, Pedro solo pudo reconocerse pecador y le siguió con
todas sus imperfecciones y sin méritos, pero con lo que era verdaderamente suficiente,
Su gracia (2 Corintios 12:9, NTV). De todas las verdades fundamentales que he aprendido en mi proceso personal de discipulado, hay una que resuena fuerte en mi mente y corazón: Jesús no llama a los capacitados; capacita a los llamados.
El proceso de transformación
El discipulado de Pedro, así como el tuyo, y también el mío, no fue instantáneo. Jesús
invirtió años formando su carácter, corrigiendo sus errores y fortaleciendo su fe.
Pedro era apasionado. A menudo hablaba antes de pensar y actuaba antes de reflexionar.
Sin embargo, Cristo utilizó precisamente ese temperamento para moldear a un líder capaz, incluso, de caminar sobre las aguas. "Sí, ven —dijo Jesús. Entonces Pedro se bajó por el costado de la barca y caminó sobre el agua hacia Jesús" (Mateo 14:29, NTV). Ningún otro discípulo dio el paso. Pero cuando Pedro quitó la mirada de Jesús comenzó a hundirse. "Enseguida Jesús extendió la mano y lo agarró. Tienes tan poca fe, le dijo Jesús. ¿Por qué dudaste de mí" (Mateo 14:31, NTV).
Este relato refleja gran parte de su vida espiritual: valentía mezclada con debilidad y fe
acompañada de dudas ¿Ya lograste reconocerte? Porque yo sí. Recuerda que este Pedro es el mismo que declaró … “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente" (Mateo 16:16, NTV); el mismo que juró, horas antes de la crucifixión" Aunque todos los demás te abandonen, yo jamás lo haré" (Mateo 26:33, NTV); y el mismo que lo negó tres veces después de que cantó el gallo (Mateo 26:75, NTV).
Si llegaste leyendo hasta acá, piensa en aquel momento en que sentiste que le fallaste
tanto a Jesús, que te viste reflejado en Pedro después de negarlo. Ahora repite: “Mi
relación con Dios no se sostiene por mi perfección, sino por Su gracia”.
Después de resucitar, Jesús buscó a Pedro. No lo rechazó. No lo humilló. No lo
reemplazó. Lo restauró y, tres veces le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" (Juan 21:17, NTV). Y tres veces le encomendó una misión: "Entonces apacienta mis ovejas" (Juan 21:17, NTV).
Perseverancia
Si tuviera que resumir la vida de Pedro en una sola palabra, probablemente sería
perseverancia. Pedro cayó, se levantó, dudó, fracasó, pero continuó siguiendo a Cristo.
Sí, soy como Pedro, y tú también. Después de Pentecostés observamos en Pedro una transformación impresionante. Sé perseverante, ya viene tu Pentecostés.
La historia de Pedro nos enseña que seguir a Jesús no significa que nunca vamos a caer.
Por el contrario, nos inspira a volver a levantarnos y continuar en el camino. Quiero animarte a recordar, repetir y llevar estas verdades delante de Dios en oración.
Guárdalas en tu corazón, recuérdalas y ponlas en práctica durante este tiempo,
permíteles que fortalezcan tu fe y renueven tu confianza en el Señor.
Dios ve en ti algo que todavía no logras ver: descansa. Él sabe quién eres y quién
llegarás a ser.
El crecimiento espiritual toma tiempo: avanza con paso firme, persevera en el
proceso y no camines solo; apóyate en tus hermanos en la fe.
Un fracaso no tiene por qué convertirse en el final: habla con tu pastor o con un líder de la iglesia.
La perseverancia se construye en medio de las pruebas: las pruebas nos forjan y también se convierten en testimonio para otros.
Dios no ha terminado su obra en ti: sigue creciendo y guarda la fe.
“Cuando su fe permanezca firme en medio de muchas pruebas, ésta les traerá mucha alabanza, gloria y honra” (1 Pedro 1:7, NTV).



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